Contribuiré a algo… si consigo sobrevivir.

Mozhdah Jamalzadah, veinti-muchos, réplica afgana de Oprah, nos habla acerca de bombas, superar amenazas de muerte e inspirar a los jóvenes afganos.

Me despierto con el húmedo aroma del invierno y el olor del guiso de carne y arroz con comino borboteando desde mi cocina. No soy de levantarme muy temprano. Mis ojos se abren sobre las 10am algunos días, y me lleva un poco el levantarme realmente de la cama. Tengo mala visión, así que todo se ve borroso al principio. Siento el suave pelaje de mis tres gatos Alex, Rambo y Noballs, que duermen conmigo. Busco mis gafas y me levanto. Me doy una ducha, me pongo los rulos en el pelo, me maquillo y me visto. Para entonces ya es mediodía.

Vivo en una casa de 5 habitaciones y dos pisos con mi mejor amiga, Toba, una cooperante afgano-canadiense. Si mi cocinera tiene algo listo, como algo de arroz con carne, con un poco de fruta de postre.
Mi casa tiene un majestuoso jardín con manzanos, granados y vides. Pero también tiene alambre de espinos rodeándolo, y a ambos flancos del edificio hay guardas armados.

Mi familia escapó de Kabul durante la invasión soviética, cuando yo tenía 5 años, y se asentaron en Vancouver. Eran liberales y abiertos de mente. Yo podía llevar la ropa que quería, y estudié filosofía, política, ópera y periodismo. Me esforcé en convertirme en cantante. Pero en 2009 recibí una oferta para trabajar en Kabul y ahora soy co-presentadora de Afghan Star, que es como American Idol (Operación Triunfo en España), y estoy haciendo la segunda temporada de El Show de Mozhdah, un talk-show al estilo de Oprah. Discutimos temas como la violencia de género, la salud de la mujer o el abuso a menores, e invitamos a artistas y cantantes también.

Esta canción está dedicada a las valientes víctimas del ácido de Kandahar. “No dejaré de ir a la escuela… Estoy estudiando para poder construir nuestro país.”

 Tengo que elegir ropa conservadora: blusas largas que cubran la parte de atrás, un pañuelo en la cabeza, pantalones no ajustados… Una vez, no llevé pañuelo durante un episodio, y se me veía la clavícula. El gobierno canceló el programa.

Tengo un conductor y un guarda armado, y me compré un Toyota Corolla que no llamara mucho la atención, mejor que los llamativos todoterrenos que los extranjeros conducen aquí. En el coche me cubro de modo que sólo se me vean los ojos, y mantengo la cabeza baja. Llevo una pistola de 9mm, por si acaso.

Algunos días dan miedo en esta ciudad. No hace mucho, un terrorista suicida se inmoló en el supermercado Finest, justo al lado de mi casa. Yo acababa de volver de una captación de fondos en Los Ángeles, abrí la nevera y vi que no había nada. Estaba muy perezosa y con jet-lag, así que decidí tomarme un café antes de ir a comprar al supermercado. Entonces Toba me llamó, preguntándome dónde estaba. “Estoy en casa”, le dije. “Gracias a dios!”, contestó ella. “Acaban de atacar el supermercado!”. Puse la tele y, dios mío, estaba en shock. El supermercado estaba completamente en llamas. Salía fuego por las puertas. Murieron algunos, otros resultaron heridos. Un niño pequeño miraba a su alrededor frenéticamente, llorando. Y yo había estado a punto de ir a comprar allí!
Supongo que no era mi hora. Estuve muy, muy triste. Creo que el infierno puede encontrarse aquí, en la Tierra. Si quieres verlo por ti misma, ven a Afghanistán.

Normalmente filmamos dos shows de Mozhdah al día. En el estudio me encuentro con el director y productor, repaso las preguntas que voy a hacer, y empezamos a grabar. La temática es controvertida: asuntos como el divorcio suelen dejarse para la esfera más privada aquí. Pero los afganos me lo piden. Viajan desde la otra punta del país para venir como audiencia. Una mujer del programa nos contó que su marido dejó de pegar a sus hijos después de ver nuestro programa sobre el abuso a menores.
Entre un programa y otro, comemos en la cantina de los estudios. Me cambio de ropa, me maquillo para el segundo programa y, para las 5, ya tengo dolor de cabeza: estoy reventada.

Algunos afganos, aquí y en el extranjero, no aprueban mi ropa y el hecho de que cante y baile en mis videos. Recibo amenazas (algunas religiosas, otras simplemente violentas, por parte de hombres y de mujeres) en Youtube y Facebook. Una decía: “Alguien debería ponerte una bala en la cabeza. Eres una vergüenza para los afganos. Deberíamos violarte”. Mis enemigos incluso extendieron el rumor de que había sido secuestrada y asesinada, llegando hasta las noticias nacionales. Aquello me asustó lo suficiente como para irme a Vancouver durante unas semanas, pero volví, decidida a seguir con mi programa. La policía de Kabul no mueve un dedo para proteger a las mujeres como yo.

Irónicamente, gusto más a los afganos de aquí que a aquellos que están en el extranjero. Los jóvenes afganos están hartos del conservadurismo y quieren cambiar, pero en Occidente están intentando aferrarse a su cultura con todas sus fuerzas, y viven en una burbuja. Cuando los niños me ven aquí, me hacen fotos y me siguen a todas partes. Veo que estoy cambiando las cosas.

Después del trabajo, a veces voy a algún restaurante extranjero con mis amigos o familia. Esas son mis ùnicas salidas. Ya que estoy encerrada en la casa la mayor parte del tiempo, la convertí en norteamericana, de modo que puedo sentir que estoy en Vancouver cuando tengo morriña. Mis estanterías están repletas de libros en inglés (El Código da Vinci, Committed…). Uso el satélite muchísimo: Friends, Dos Hombres y Medio, American Idol… Es imposible calentar una casa tan grande en invierno cuando no hay una fuente de energía en la que puedas confiar, ni calefacción central. Llevo muchas capas de ropa para mantenerme calentita, y me meto en la cama antes de lo que me gustaría. Me quedo dormida sobre las 2am.

Una entrevista de Fariba Nawa.


Ésta es una traducción personal de un artículo publicado en el Sunday Times Magazine (UK). Para leer el artículo original, pulsa aquí.

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