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El rarito II

Max fue finalmente trasladado (nótese aquí el uso del impersonal) a un grupo de un nivel más bajo, y no por su forma especial de hablar ni de reírse, ni tampoco por tardar más tiempo que sus compañeros en contestar a las preguntas que se le hacían. Más bien se trató de un ajuste de nivel: el chico no se enteraba de nada…

Hasta aquí, estoy de acuerdo, porque he tenido que pasar con el mismo trámite con alumnos más “normalitos”, pasando por alumnos con una autoestima altamente enriquecida con avecrem, y llegando hasta alumnos absolutamente sobresalientes pero con poca autoestima. Todos ellos fueron debidamente trasladados a diferentes grupos con ánimo de que dieran lo mejor de sí, o -dicho de otra manera- para que tuvieran oportunidad de trabajar en su zona de desarrollo próximo (lean un poco más de Vygotski, por favor).

Ahora el problema es otro. Si bien nosotros como centro no podemos proporcionar a Max la atención individualizada que requiere para su correcto aprendizaje, tampoco tenemos el derecho a negarle una plaza en nuestra institución (totalmente privada, por otra parte) sólo por el hecho de ser diferente. Muchos alumnos adultos que he podido conocer a lo largo de estos años han malgastado cientos de euros y cientos de horas en el vano intento de aprender un idioma que serán incapaces de dominar en sus vidas. Os puedo asegurar que han hecho perder muchas horas a los pacientes docentes y a los compañeros de clase. No por ello hemos decidido negarles el acceso a sus -inútiles- clases… Nos pagan el sueldo!

Pero este chico es diferente. Resulta que tampoco se ha solucionado el problema con el cambio de nivel; Max debe irse. ¿Molesta al resto de compañeros? ¿Dificulta la asimilación de contenidos del resto del grupo? ¿Ralentiza el ritmo de la clase? La respuesta a todas esas preguntas es NO. Os contaré cuál es mi opinión al respecto: este chico incomoda a todos.
La profesora (una servidora) ya ha llegado a la conclusión de que no puede permitir una ralentización del ritmo de una clase de 9 personas por causa de 1 individuo. Las clases se desarrollan con normalidad, los estudiantes siguen disfrutando, participando y riendo, sin tener que esperar educadamente a un compañero cuya respuesta parece no llegar nunca. Cuando todos trabajan individualmente, o bien en grupos, es cuando la docente aprovecha el hueco para aclarar cualquier duda a Max. Así pues, ¿cuál es el problema? 

Quizás lo importante para este chico no sea el aprendizaje del idioma -aunque nunca lo admitiera-. A lo mejor es un chico que quiere socializar, pasar un rato entre compañeros, riéndose de sus bromas, sintiéndose responsable, adulto, independiente, útil.
Yo no puedo imaginarme la frustración que deben sentir cientos de miles de discapacitados en el mundo, que quieren aportar algo a su sociedad y a sí mismos, pero no son tenidos en cuenta. Pero sí puedo imaginarme lo aburrido que debe ser no trabajar, no estudiar, no tener las riendas de tu vida.
¿Alguien tiene una respuesta para la pregunta en rojo?

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"El rarito"

Hay mucha gente que, como yo, no ha tenido contacto con personas con discapacidad a lo largo de su vida personal y/o profesional. Personas que no están acostumbradas a la diferencia, pese a que todos somos diferentes.

Trabajo en el ámbito de la educación no reglada, y en los últimos días he sido testigo de la incomprensión, la impaciencia y las burlas que ha sufrido una persona con una discapacidad intelectual en mi centro.
Recién llegado a mi clase, Max suscitó sonrisas y miradas de complicidad entre mis compañeros de trabajo. Resultó que yo “había tenido la mala suerte” de tener a este chico en el grupo, y todos me miraban con un pelín de compasión. ¡Horror! ¡Tienes un alumno con necesidades educativas especiales!… Bueno, no es novedad. Todos mis alumnos tienen necesidades educativas especiales. ¿Los tuyos no?

Max es muy formal y disciplinado, hasta el punto de ser rígido. Es muy trabajador y, aunque parezca un término incompatible con el resto de sus caracterísiticas, inteligente. Domina la materia mejor que muchos otros alumnos/as que he ido encontrándome a lo largo del camino, y se la toma en serio. Es constante y respetuoso, algo que no puedo decir de todas las personas a las que he tratado de enseñar.

Así que estoy contenta. Tengo un nuevo alumno listo, trabajador y transparente. Viene a aprender, trabaja, saluda educadamente y se marcha hasta la próxima clase. Y pienso estar a la altura de las circunstancias: le trataré con respeto, le hablaré como el ser inteligente que es, y le prestaré la ayuda que necesite, igual que hago con los demás.

Y aunque hasta ahora he consentido -e incluso reforzado con alguna sonrisa- las burlas hacia su persona, he decidido que no voy a volver a hacerlo.

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